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El texto que publicó sin firma el diario The New York Times este miércoles está lleno de mensajes dirigidos de manera solapada a congresistas en Washington DC y a la opinión pública en todo Estados Unidos.
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El diario The New York Times tomó este miércoles una decisión casi inédita: publicar sin firma un artículo de opinión cuyo autor es un alto funcionario del gobierno de Donald Trump. El texto ha sacudido los centros de poder de Washington y ha empujado a periodistas y funcionarios a especular sobre el nombre del autor. Se ha dicho que podría ser el vicepresidente Mike Pence o la embajadora en Naciones Unidas, Nikki Haley. Pero la identidad de esa persona sólo la conocen algunos editores de la sección de Opinión del periódico, que está separada de la redacción de noticias y no depende del director sino del editor de la publicación.

La periodista Margaret Sullivan explicaba este jueves que ese secreto puede ser un problema para The New York Times, cuyos reporteros podrían descubrir el nombre del autor y verse obligados a resolver un dilema diabólico: publicarlo o respetar el anonimato prometido por sus colegas de Opinión. A continuación disecciono lo más importante del artículo y subrayo lo que más me ha llamado la atención.


El artículo anotado


El presidente Trump enfrenta una prueba a su presidencia como la que ningún otro líder estadounidense moderno ha enfrentado.

Esto no es del todo cierto. Al menos un presidente ha sufrido la insubordinación de la que habla el artículo. En los últimos días de su mandato, Richard Nixon estaba deprimido y alcoholizado hasta tal punto que su secretario de Defensa, James R. Schlesinger, instruyó a los mandos militares para que no ejecutaran las órdenes del presidente si éste les ordenaba lanzar un ataque nuclear sin su permiso o el de Henry Kissinger, entonces secretario de Estado. El detalle lo cuenta el periodista Garrett Graff en este artículo "Tenemos que evitar que un presidente enloquecido nos empuje a un holocausto", le dijo a Schlesinger el senador Alan Cranston. Unos días antes, durante una reunión con congresistas, Nixon había dicho: "Ahora mismo puedo ir a mi despacho y descolgar el teléfono y en 25 minutos millones de personas estarían muertas".

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No se trata solamente del alcance que la investigación del fiscal especial pueda tener. O que el país esté terriblemente dividido sobre del liderazgo de Trump; ni siquiera que su partido pueda perder la Cámara de Representantes ante una oposición empeñada en derrocarlo.

El dilema —que él no comprende del todo— es que muchos de los funcionarios de alto rango en su propio gobierno trabajan desde dentro con diligencia para frustrar partes de su programa político y sus peores inclinaciones.

Yo sé que es así. Yo soy uno de ellos.

El autor del artículo se presenta como parte de un equipo numeroso de personas que trabajan desde dentro para abortar algunos de los planes del presidente y los peores rasgos de su carácter. Ni desvela su nombre ni aclara por qué publica el texto. ¿Es una decisión suya o de ese equipo de disidentes? Es interesante que cite esas tres circunstancias como amenazas para Trump: la investigacion del fiscal especial Robert Mueller, el triunfo demócrata en las elecciones de noviembre y la polarización del país.

Para ser claros, la nuestra no es la popular “resistencia” de la izquierda. Queremos que el gobierno tenga éxito y pensamos que muchas de sus políticas ya han convertido a Estados Unidos en un país más seguro y más próspero.

Este punto es fundamental: el autor del artículo no se presenta como un demócrata infiltrado sino como una persona que comparte muchos de los objetivos del presidente. Un detalle importante: en el artículo no hay una sola palabra sobre inmigración. Ni a favor ni en contra de la durísima agenda de Trump.

No obstante, creemos que nuestro primer deber es con este país, y el presidente continúa actuando de una manera que es perjudicial para la salud de nuestra república.

Es por eso que muchos funcionarios designados por Trump nos hemos comprometido a hacer lo que esté a nuestro alcance para preservar nuestras instituciones democráticas y al mismo tiempo frustrar los impulsos más erróneos de Trump hasta que deje el cargo.

El autor asume que no existe una contradicción entre preservar las instituciones y frustrar los impulsos del presidente. Pero no todos opinan lo mismo. Voces conservadoras como Byron York o Jack Goldsmith critican al autor por desvelar que está torpedeando la agenda (y no sólo las locuras) de un presidente elegido en unas elecciones democráticas. El analista David Frum va más allá y califica esa conducta como "un golpe de Estado cobarde" en este artículo que publica 'The Atlantic'.

La raíz del problema es la amoralidad del presidente. Cualquier persona que trabaje con él sabe que no está anclado a ningún principio básico discernible que guíe su toma de decisiones.

Trump ha demostrado muchas veces que no tiene escrúpulos. En este artículo que escribí solamente hace dos años, hay muchos ejemplos. Trump se vengó del fundador de la revista 'Forbes' desvelando su homosexualidad unos días después de su muerte y culpó de una de sus quiebras a unos ejecutivos de su empresa que se habían matado en un accidente de helicóptero el año anterior. Quienes le conocen advierten que a menudo dice cosas contradictorias y que suele echarle la culpa de cualquier error a los demás.

Aunque fue electo como republicano, el presidente muestra poca afinidad hacia los ideales adoptados desde hace mucho tiempo por los conservadores: libertad de pensamiento, libertad de mercado y personas libres. En el mejor de los casos, ha invocado esos ideales en ambientes controlados. En el peor, los ha atacado directamente.

Además de su mercadotecnia masiva de la noción de que la prensa es el “enemigo del pueblo”, los impulsos del presidente Trump son generalmente anticomerciales y antidemocráticos.

La referencia a la cruzada de Trump contra el libre comercio, las palabras sobre la libertad y los elogios a la reforma fiscal y a la desregulación han llevado a muchos observadores a apuntar al secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, como la persona que se esconde detrás del artículo. Es un puro juego de adivinanzas. Sólo un puñado de personas en el 'New York Times' conoce la identidad del autor.

No me malinterpreten. Hay puntos brillantes que la cobertura negativa casi incesante sobre el gobierno no ha captado: desregulación efectiva, una reforma fiscal histórica, un Ejército fortalecido y más.

No obstante, estos éxitos han llegado a pesar del —y no gracias al— estilo de liderazgo del presidente, el cual es impetuoso, conflictivo, mezquino e ineficaz.

Desde la Casa Blanca hasta los departamentos y las agencias del poder ejecutivo, funcionarios de alto rango admitirán de manera privada su diaria incredulidad ante los comentarios y las acciones del comandante jefe. La mayoría está trabajando para aislar sus operaciones de sus caprichos.

Este fragmento encaja con el relato de Bob Woodward en su libro 'Fear', que sale a la venta el próximo martes y del que se han publicado algunos extractos en el 'Washington Post'. Woodward cuenta que el presidente llamó "retrasado mental" al fiscal general Jeff Sessions y "pequeña rata" a su jefe de gabinete Reince Priebus. También dice que uno de sus asesores le escondió al menos dos veces unos papeles para que no sacara a EEUU de los acuerdos comerciales con México, Canadá y Corea del Sur.

Las reuniones con él se descarrilan y se salen del tema, él se involucra en diatribas repetitivas y su impulsividad deriva en decisiones a medias, mal informadas y en ocasiones imprudentes, de las que posteriormente se tiene que retractar.

El libro de Woodward pone un ejemplo: cuenta que el presidente le ordenó a su secretario de Defensa, James Mattis, que preparara un plan para asesinar a Bashar al-Assad después del ataque químico de abril de 2017. Mattis le ignoró y preparó un ataque limitado contra una base siria.

“No hay manera, literalmente, de saber si él cambiará su opinión de un minuto al otro”, se quejó ante mí un alto funcionario recientemente, exasperado por una reunión en el Despacho Oval en la que el presidente realizó cambios en una importante decisión política que había tomado solo una semana antes.

El comportamiento errático sería más preocupante si no fuera por los héroes anónimos dentro y cerca de la Casa Blanca. Algunos de sus asistentes han sido personificados como villanos por los medios. Sin embargo, en privado, han hecho grandes esfuerzos para contener las malas decisiones en el Ala Oeste, aunque claramente no siempre tienen éxito.

Puede ser un consuelo escaso en esta era caótica, pero los estadounidenses deberían saber que hay adultos a cargo. Reconocemos plenamente lo que está ocurriendo. Y tratamos de hacer lo correcto incluso cuando Donald Trump no lo hace.

El resultado es una presidencia de dos vías.

Esta expresión resume el objetivo del artículo: presentar el mandato de Trump como dos películas con guiones bien distintos. Según el autor, el guion de la primera está construido a partir de los exabruptos del presidente, de sus caprichos y de sus controversias. Incluye también sus tuits, sus problemas judiciales y la investigación sobre Rusia. El guion de la segunda película, que permanece casi siempre oculta para el gran público, esta construido a partir de los logros de los republicanos del Capitolio, que poco a poco van sacando adelante su agenda conservadora a espaldas de Trump.

Por ejemplo, la política exterior. En público y en privado, el presidente Trump exhibe una preferencia por los autócratas y dictadores, como el presidente ruso, Vladimir Putin, y el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, y muestra poca aprecio genuino por los lazos que nos unen con naciones aliadas que piensan como nosotros.

Sin embargo, observadores astutos han notado que el resto del gobierno opera por otro camino, uno en el que países como Rusia son denunciados por interferir y sancionados apropiadamente, y en el que los aliados alrededor del mundo son considerados como iguales y no son ridiculizados como rivales.

Por ejemplo, sobre Rusia, el presidente se mostró reacio a expulsar a muchos de los espías de Putin como castigo por el envenenamiento de un exespía ruso en el Reino Unido. Se quejó durante semanas de que altos miembros del gabinete lo dejaban atrapado en más confrontaciones con Rusia y expresó frustración por el hecho de que Estados Unidos continuara imponiendo sanciones a ese país por su comportamiento maligno. Sin embargo, su equipo de seguridad nacional tenía motivos para hacerlo —dichas acciones tenían que ser tomadas, para obligar a Moscú a rendir cuentas—.

Esto no es obra del llamado Estado profundo (deep state) —una teoría de conspiración que afirma que existen instituciones dentro del gobierno que permanecen en el poder de manera permanente—. Es la obra de un Estado estable.

Esta expresión (Deep State) la utilizan republicanos radicales como Sean Hannity para presentar a Trump como la víctima de instituciones independientes como la CIA o el FBI. Pese a lo que dice este párrafo, es probable que el artículo ayude a perpetuar esa paranoia entre los seguidores conspiranoicos de Trump.

Dada la inestabilidad de la que muchos han sido testigos, hubo rumores tempranos dentro del gabinete sobre invocar la Enmienda 25, la que daría inicio a un complejo proceso para sacar del poder al presidente. Sin embargo, nadie quiso precipitar una crisis constitucional. Así que haremos lo que podamos para dirigir el rumbo del gobierno en la dirección correcta hasta que —de una manera u otra— llegue a su fin.

Esta frase ha disparado el interés por conocer qué es la Enmienda 25 de la Constitución de EEUU. Este artículo explica en detalle en qué consiste y cómo se puede aplicar. La enmienda se aprobó en 1965 y se ratificó en 1967. Es un procedimiento para arrebatar el poder a un presidente que no esté capacitado para seguir ejerciendo su deber. El asesinato de John F. Kennedy convenció a los legisladores de que era necesaria una herramienta para asegurar que no se producía un vacío de poder si el presidente quedaba malherido o incapacitado por un ictus o una enfermedad grave. El procedimiento debe iniciarlo el vicepresidente junto a una mayoría del Gobierno y deben refrendarlo al menos dos tercios del Senado y dos tercios de la Cámara de Representantes. Por ahora no se ha aplicado nunca.

La mayor preocupación no es lo que Trump ha hecho a la presidencia, sino lo que nosotros como nación le hemos permitido que nos haga. Nos hemos hundido profundamente con él y hemos permitido que nuestro discurso fuera despojado de la civilidad.

Esta frase es una referencia a la polarización y a la degradación del espacio público en Estados Unidos. Las palabras vejatorias de Trump sobre los hispanos, sus insultos y sus amenazas han creado un clima en el que han florecido los delitos de odio como demuestra este proyecto de ProPublica en colaboración con Univision.

El senador John McCain lo dijo de la mejor manera en su carta de despedida. Todos los estadounidenses deberían prestar atención a sus palabras y liberarse de la trampa del tribalismo, con el objetivo mayor de unirnos a través de nuestros valores compartidos y amar a esta gran nación.

El senador McCain ya no está con nosotros, pero siempre contaremos con su ejemplo —un faro que nos guía para restaurar el honor a la vida pública y a nuestro diálogo nacional—. Trump puede temer a los hombres honorables, pero nosotros debemos venerarlos.

La referencia final a McCain es muy relevante. El autor del artículo lo presenta como un ejemplo de decencia y valor en la vida pública. Pero al lector le queda la impresión de que el viejo senador habría firmado este texto en lugar de publicarlo de forma anónima por temor a Trump.

Existe una resistencia silenciosa dentro del gobierno compuesta por personas que eligen anteponer al país. Sin embargo, la verdadera diferencia será hecha por los ciudadanos comunes que se pongan por encima de la política, se unan con los adversarios y decidan eliminar las etiquetas para portar una sola: la de estadounidenses.

Este final es ambiguo. ¿Está empujando el autor a los votantes republicanos votar en noviembre por los candidatos demócratas para echar al presidente? ¿Es esa última frase una llamada a los congresistas republicanos a impulsar el proceso de destitución del presidente cuando el fiscal especial Robert Mueller publique su informe final? El articulo da a entender que su autor es un republicano nombrado por el presidente. ¿Por qué escribir ese texto y por qué escribirlo ahora? Esas son las dos incógnitas que por ahora nadie ha podido despejar.

Las renuncias y despidos más resonantes del gobierno de Donald Trump (fotos)

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